Porque imagínense lo que podría dar de sí una obra que nos contara las conversaciones, las inquietudes, las debilidades compartidas, de los cuatro líderes políticos de ese momento, por encima de sus diferencias. Alguna vez he pensado que esa es una de las razones por las que yo no me dedicaré jamás a la política. No tanto porque me secuestren, que ya es una faena, sino porque me hagan pasar una noche entera con otros políticos de otros partidos. Una cosa es el secuestro y otra peor, la tortura. Imagínense lo que sería pasar una noche con Acebes, con la mala leche que se le ha ido poniendo. ¿Qué le cuento? ¿De qué le hablo? ¿Le sigo el rollo para que pare de hablar sobre el 11-12-13M?. O con Zaplana, cuyo aspecto ya empieza a ser intimidatorio. Y qué me dicen del mortal aburrimiento que sería compartir cuarto con Llamazares, explicándome cuatrocientas veces, circunspecto y trascendente, que no hay contradicción en Izquierda Unida, por mucho que vote una cosa en el País Vasco y otra en Madrid… O a Ibarretexe, hasta las cinco de la mañana con la mano tendida, hablándome de las ciudadanas y los ciudadanos vascos… O con Fraga roncando… ¿Y si le da un telele de esos, a quién llamo? ¿A los secuestradores o a su novia? ¿Y si se despierta y me cuenta otra vez lo de la bomba de Palomares? O con Maragall, que también debe roncar lo suyo. O con Carod Rovira, a quien no puedo imaginarme contando un simple chiste para pasar el rato… La verdad es que en una tesitura extrema como ésta preferiría que me encerraran con alguien intrínsecamente perverso, como Arnaldo Otegui, para explorar los límites de la maldad humana sin tener que ver "Crónicas marcianas", o con Labordeta, que por lo menos contaría cosas divertidas, como viajes y tal, y diría unos cuantos tacos, que siempre relajan bastante.
Cuando el guardia civil Antonio Tejero Molina decidió asaltar el Congreso de los Diputados el 23 de Febrero de 1981 provocó en la mayoría de los ciudadanos una inmensa conmoción. Lo que más recuerdo de esa tarde fue la madrugada del 24. Una noche en la que, en una sala del Congreso, separados del resto de los Diputados, estuvieron juntos Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Santiago Carrillo y Felipe González. Que a estas alturas nadie haya escrito una obra teatral o una novela sobre ese peculiar "huis clos" me parece de juzgado de guardia.



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